El silencio

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No nos enseñaron a leer a Kafka

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Día 1:

Hoy me he despertado distinta. Me doy cuenta de que las cosas no encajan. Me aburro. Estoy encerrada. Puede que no quiera vivir en una jaula nunca más.

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Día 2:

Empiezo por cambiar pequeñas cosas. Me observo. Sigo sin ser yo. Escucho voces a mi alrededor que me dicen que tengo que ser feliz. Hago un esfuerzo. Finjo, poso. Os miro. Pero sigo sin encontrar nada que me haga sonreír. Vivo una vida que no siento mía.

Día 3: 

He entendido cómo seguir el camino. Es hora de taparme los oídos, ya no me importa lo que tengáis que decirme. Reflexionar, analizar y deshacerme de todo aquello con lo que no me identifico. Empiezo a ver mejor lo que soy. Luces y sombras, alegría y dolor, blanco y negro, muchas cosas, positivas y negativas, con un sinfín de matices.

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Día 4: 

Llegan las dudas. ¿Y si hubiera algo en mí que no está bien? "¿Qué es bien?", digo en alto. Y mientras el eco de las palabras retumba en la habitación vacía, respiro hondo y decido aceptarme tal y como soy. Nunca fue fácil romper las cadenas.

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Día 5:

Me siento libre. Y asustada. Empiezo a ver con claridad. Estoy sola, igual que tú, y voy a cuidarme, a protegerme. Yo elijo, decido y empiezo a vivir.

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Ese don

Hay personas que, aunque no lo eligieran, podrían atravesar el rostro de cualquiera con la mirada y contemplar en un instante su pasado, presente y futuro.

Hay ojos que, cuando se asoman a otros ojos, uno intuye que están percibiendo alrededor colores, luces y formas que hablan. Una especie de jeroglífico vital que permanece  invisible y secreto a su propio dueño, pero que se despliega manso y dócil  a quien tiene ese don.

Miran el mundo fascinados y con cautela. Saben que su mirada habla de melodías que no suenan y de colores invisibles que relatan las historias que cada corazón arrastra.

Cuando descansan su mirada en el mundo, ya sin poner freno a su percepción, se puede apreciar en sus ojos una cadencia azulada de horizonte sin nubes, un rumor de atardecer lento en verano.

Parece que tuvieran la mirada perdida en el punto en el que el cielo y el mar se encuentran, y sin embargo tan solo están mirándote a los ojos, atravesándote. Dos ventanas abiertas que entonan estrofas de una canción aún no vivida.

Gracias a Travis Birds y a Natalia Herreros, que aportaron la magia, el misterio y la música para que se crearan imágenes llenas de colores, luces y formas; de esas que podemos percibir todos.

Solo un gesto

Hacer un retrato, no implica siempre captar la esencia del retratado. No siempre se trata de reflejar la naturaleza de sus rasgos o de sus gestos. De buscar una expresión que defina a esa persona o su estado de ánimo. De definir a alguien a través de una imagen.

Muchas veces, cuando hacemos un retrato a otra persona nos estamos definiendo a nosotros mismos. Utilizamos a la persona que tenemos ante la cámara como medio de expresión, como canal para reflejar nuestros propios sentimientos, aunque muchas veces ni siquiera seamos conscientes.

Ese es uno de los grandes poderes de la fotografía. Con solo una mirada, sólo un gesto, en un instante, se pueden decir demasiadas cosas.

Gracias a Irene por representarme, por fluir y expresar mejor que yo lo que está en mi cabeza.

La ciudad del frío

Hay que ver cuánto frío hace. "Cierra la ventana, niño, que se nos hiela el alma". Mira fuera; las ventanas ya están cerradas. En la oscuridad de la noche, las sábanas blancas tendidas, tiesas, congeladas, se mecen como si fueran tablas. Ha llegado el invierno. Puede que nunca se haya ido.

¿De dónde sale tanto frío? Es por silencio. Las cosas que no se dicen, se estancan, se congelan y pesan tanto, que se hunden. Pero no por mucho tiempo. Porque siempre hay algo que las hace salir a flote.

Hay algo extraño en este lugar, es como si hubiéramos estado aquí antes. Hoy parece que lo entiendo todo, pero la realidad es que no tengo nada claro, porque entre tanta lucidez, muchas cosas se tornan confusas y nos enganchamos a una rueda que se transmite de padres a hijos y de hijos a nietos y así siempre. Y así siempre. Y el frío, y el hielo, y el gusto por la niebla, y la historia y otras cosas buenas permanecen.

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¿Somos tres?

Somos tres. ¡Ya somos tres!.

¿Somos tres?

Un viaje que se fragua en su propio cuerpo, en busca de una Ítaca que sólo puede tener cimientos en su vientre. Durante el camino hostiga el oleaje de cambios físicos y altibajos hormonales.

¡Camina con esperanza!, ¡vive con esperanza!. ¡Ya somos tres! Aproximadamente dos semanas de tránsito en el que los ánimos quiebran y se recomponen. No sería el primer naufragio que hemos vivido durante esta odisea.

¿Ya somos tres?

 Ver señales donde no las hay. Entender señales que significan lo mismo y su contrario.

 Soltar amarras y que la corriente nos lleve donde quiera.

 ¿Ya somos tres?

Somos hogar, somos familia.

¿Podremos albergar a nuestro tercero?

No.

No somos tres.

Sea en esta ola, o en la siguiente, seguiremos esperando a que llegues a nuestra tierra y tus pies se asienten en ella.

Las manos

A veces, pocas veces, cuando miro mis manos veo las manos de mi madre. En realidad no son parecidas. Mis manos son más largas, más huesudas, más pálidas. Se distinguen las venas azules, los tendones. Pero a veces veo algo en ellas que me hace recordar las manos de mi madre.

También cuando miro las manos de mi abuela tengo esa sensación. Sus manos sí son más parecidas. La piel más oscura, los dedos más cortos. Las uñas siempre muy cortas, siempre sin pintar.

Me gusta pensar que existe una conexión entre nosotras a través de nuestras manos. Que existen tantas similitudes entre esas manos que se han cuidado, que se han querido. Me gusta pensar que siempre habrá algo de sus manos en las mías.


Somos fantasmas

Temes que aparezca cuando apagas la luz. Lo imaginas debajo de la cama. Esperándote en el pasillo. A tu lado mientras duermes. Temes la visión grotesca de algo inexplicable.

No llegas a comprender que se manifiesta de otras formas, más cotidianas. Esa presión en la nuca. El calor en las sienes. La garra apretándote el corazón. Esa nube negra que no te deja levantarte. Que te sacude cuando conduces, cuando caminas por la calle.

Temes al fantasma y no llegas a comprender que el fantasma eres tú.

Mis ánimas

Mis ánimas

Todo lo que veo es campo. Un campo verde, extenso, infinito, de hierba larga, en apariencia blanda. Cuando comienzo a andar, descalza, me dio cuenta de que bajo las plantas hay tierra que, húmeda, se pega a mi piel. Durante los siguientes pasos me doy cuenta de que el campo verde, extenso, infinito, y de apariencia suave, hay piedras pequeñas que se clavan en las plantas de los pies…